Historia

¿De qué color es la piel de Dios?

Hay momentos que se quedan grabados en nuestra memoria porque sucedió algo especial o algo que nos dejó marcados.

Julio de 1975 es una fecha que recordaré porque literalmente me señaló; mi rostro, de entonces 25 años comenzó a llenarse de manchas oscuras. Los médicos le dieron el nombre de: Cloasma. Pasé por muchos consultorios y mi problema se había estabilizado, pero no se resolvía. Después de un tiempo, ya no salieron nuevas manchas, pero tampoco lograba borrar las que tenía y mi rostro se veía envejecido. En el transcurso de esos años observé, que si me exponía al sol, se oscurecían más las manchas. De aquellos tiempos, agradezco la aceptación y el cariño que encontré siempre en mi esposa. Está de más decir que me puse casi todo lo que me dieron, sabía que para ella era importante seguir probando todos los productos hasta verme bien. Pero tantas pruebas sin resultado me tenían decepcionado y escéptico; de paso, me ponía de malas cuando familiares salían con otra novedosa cura para mi cloasma. ¿Cómo explicarlo? Es como lo que siente el adolescente con la cara llena de barros, o la señora que se llenó de manchas tras sus embarazos o que decir de las terribles manchas solares a las que todos estamos expuestos. Pasé 20 años con el rostro manchado; hasta creo que los demás se acostumbraron a verme así. Dos cosas particularmente permanecieron conmigo. La primera, era que tenía un sueño recurrente; me soñaba ya mayor y me veía el rostro sano, la segunda, era una canción que aprendí y a veces tatareaba cuando le pedía al Señor que me devolviera mi aspecto normal: “¿de qué color es la piel de Dios?, dije negra, amarilla, roja y blanca es, todos son iguales a los ojos de Dios”, Años atrás, tuve un pequeño accidente, me quemé la mano derecha con sosa cáustica. De aquello me quedó una mancha oscura, que sinceramente me incomodaba, por ésta razón, por mi cuenta había hecho algunos experimentos con ácidos suaves; y logré que aquella mancha fuera bajando de tono hasta desaparecer. Pero una cosa era experimentar con mi mano, y otra con mi cara. Cierto día, en 1995, fuimos a visitar a la familia de mi esposa a Tala Jalisco a uno de los ingenios azucareros. Al entrar al cañaveral alguien comentó los problemas que los ingenios estaban teniendo por la importación de azúcar. ¡El azúcar! – ¡Ahí está la clave!- pensé De la caña de azúcar puede extraerse un ácido natural que no es tóxico y puede remover capas de células muertas de la piel. Investigué todo lo posible acerca del tema.

Con fe y trabajo meses después tenía una fórmula que comencé a aplicarme todas las noches. Quisiera decirles que de un mes a otro terminó mi problema, pero no sería verdad; llevó tiempo, pero valió la pena porque mis manchas se fueron borrando a medida que fui perfeccionando la fórmula; la cual finalmente empecé a recomendar a mis amistades y familiares hasta convencerme de que además de servirnos a unos cuantos, mi loción podría servir a muchos. Probándola con mi esposa y mis hijos, supe que servía también para el acné. La he registrado y la vendo con éxito, sobre todo entre los que me conocieron con el rostro manchado. La gente nos trata como nos ve. Solo para Dios todos somos iguales.

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